Marco Marchesan a finales de los años 30 revisó todas las indicaciones grafológicas que hasta ese momento se habían realizado en Europa, aclarando lagunas e incertidumbres; a través de una larga obra en la que profundiza tanto en el terreno teórico como en el práctico, ha articulado leyes interpretativas universalmente válidas que, aseguran un punto de referencia riguroso y objetivo en la interpretación de los signos, que permite incluir los comentarios psicológicos en un cuadro de conjunto articulado.
La psicología de la escritura (así se llama el sistema fundado por él), tiene su origen en los fundamentos biológicos de la conducta que la Psicología actual enseña. Para orientarse ha elaborado un conjunto de reglas o principios de interpretación de la dinámica gráfica fundamentado en sus tres sistemas: el sistema de leyes (explica como el subconsciente se manifiesta en la escritura simbólica); el sistema gráfico (permite descubrir las constantes y variables del trazado gráfico dentro de un esquema racional); y el sistema psíquico (permite poner de manifiesto la interacción de las distintas tendencias).
EL SISTEMA GRÁFICO
El sistema gráfico de la psicología de la escritura examina la escritura en su conjunto para detectar sus constantes y las posibles variaciones en el trazado gráfico de manera que forma un esquema racional y completo en el que se pueden insertar los elementos que se recogen de cada escritura. Ha detectado 226 signos gráficos, incluidos en un esquema general subdividido en trece apartados: el renglón, el tamaño, los espacios, la claridad, el movimiento, la inclinación, la concisión, los elementos (los palotes, perfiles, uniones entre letras), los óvalos, los rizos, los accesorios (barras de la “t”, puntos de la “i”), signos compuestos y movimientos especiales.
EL SISTEMA PSÍQUICO
Marchesan ha elaborado un sistema basado en un esquema general de la funcionalidad de la psique examinada en su interioridad y en sus relaciones con el mundo externo. Amplio y estructurado, presenta numerosas variantes de personalidad y de sus actitudes frente a las situaciones y al aportar clarificación y comprensión sobre el funcionamiento de la mente y la interrelación de sus elementos, permite conocer si el efecto de una tendencia está controlado, modificado o anulado por la presencia de otra tendencia que tiene el mismo sujeto.
LAS LEYES DE LA ESCRITURA
Las Leyes de interpretación del signo gráfico de la escritura están concebidas y enfocadas bajo el doble sentido de funcionalidad psíquica y movimiento grafológico, como única expresión de los impulsos grafomotor y el psicosensomotor.
Basándose en Freud, elabora cuatro leyes generales de la actividad del inconsciente y treinta y seis específicas de la escritura, formando así una estructura que permite interpretar las manifestaciones gráficas más variadas, pudiendo ser analizadas de forma sistemática.
Las leyes de la escritura explican el modo en que nuestro inconsciente, proyecta inclinaciones, impulsos y tendencias en la escritura; podemos reconocer estos impulsos y tendencias en función de la deformación del modelo que en mayor o menor medida todos hacemos.
GRAFOLOGIA
domingo, 14 de agosto de 2011
"El Incal", de Moebius y Jodorowsky
También conocida como Las Aventuras de John Difool, esta
serie de seis albumes fue escrita por Alejandro Jodorowski y
dibujada por Moebius la decáda de 1980. Cuenta, con John
Difool como personaje central, el derrumbe de dos
civilizaciones (la humana y la alienígena berg) y la entrada
en una nueva era, que en un principio no parece ni peor ni
mejor, sólo distinta a la anterior.
El panorama que presenta la civilización humana no puede ser
más decadente. La ciencia y la tecnología, en manos de los
sectarios Técnicos Tecnos, es omnipresente y capaz de casi
cualquier cosa, pero eso no supone que la humanidad haya
alcanzando un alto grado de desarrollo moral, antes al
contrario, una embrutecida clase media entregada en cuerpo y
alma a las drogas y la televisión 3D hace casi buena a la
depravada aristocracia, que al menos se ejercita en la
orgías y salvajes diversiones con las que mata el tedio.
John Difool, el protagonista, es un mediocre detective
privado, tanto que ni siquiera el narrador es capaz de
clasificar durante gran parte de EL INCAL NEGRO, el primer
volumen. Tan pronto es de clase R, como de clase B, como de
clase P (Difool dixit) finalmente parece que la R es la
correcta, pero eso no quita para que Difool represente con
toda claridad a sus conciudadanos de la ciudad pozo; gris,
mediocre, sólo trabaja para pagarse el alcohol, los
alucinógenos y el sexo sintético con homeoputas fabricadas
al instante.
Jodorowski y Moebius consiguen en La Saga de los Incales
crear un universo complejo y de múltiples matices, la
civilización humana, pese a la corrupción y depravación, no
está exenta de empuje, representado por los mundos
coloniales, los aparentemente terribles bergs son bastante
más civilizados que la humanidad que se interpone en su
objetivo; alcanzar su Edad de Oro. Barrer del universo a los
pervertidos humanos es más una operación de limpieza que un
genocidio calculado. los Incales representan esta dualidad
presente en toda la obra (a excepción de los Tecnos y La
Tiniebla, representación inequívoca del Mal) y que cada uno
de los personajes lleva dentro de si, se le presenta como
una cosa, demuestran ser otra muy distinta y finalmente se
transfiguran en algo superior.
La narración es perfecta, con un dinamismo absorbente y una
notable agilidad a la hora de cambiar de escenarios y líneas
narrativas, incluso la presentación de nuevos personajes y
escenarios es suave, sin grandes preámbulos, dejando que sea
el propio personaje quien se de a conocer. El único pero que
se le puede poner a esta Saga es que acaba tan embebida de
misticismo hermético que está a punto de malograrse con un
final más que cuestionable, afortunadamente, la viñeta
final, un recuerdo emocionado, consigue salvarlo, aunque sea
por muy poco.
domingo, 31 de julio de 2011
Joaquim Jordà: "Monos como Becky"
“Monos como Becky” es algo más que un documental y también algo más que un filme de denuncia. Firmada por Joaquim Jordá y Nuria Villazán es un testimonio sincero e implacable sobre lo que se sigue cociendo en el interior de los hospitales psiquiátricos. El director y los protagonistas del filme han vivido en sus propias carnes la experiencia de la locura y la experiencia de ser internados e intervenidos, de tener que reinventarse a sí mismos y al mundo que les rodea, y los propios autores se incorporan finalmente al mecanismo mismo de la representación cinematográfica.
El filme parte como una aproximación biográfica caleidoscópica a una figura psiquiátrica polémica: Egas Moniz, el psiquiatra portugués (premio Nobel) que introdujo la psicocirugía ( con técnicas como la lobotomia en el lóbulo frontal) como forma de “solucionar” los problemas de los pacientes esquizofrénicos con crisis agudas y violentas. El resultado de la lobotomía, es bien sabido, no es sólo dar la paz al paciente y los que le rodean, sino despojarle a la vez de una parte importante de sus sentimientos y capacidades convirtiéndolos en seres sumisos y sin personalidad propia. La lobotomía y el atentado de un enfermo mental contra Moniz son elegidas como símbolo de la psiquiatría tradicional y de la revuelta desesperada de sus víctimas. Como contrapartida el director de “Monos como Becky” propone a los enfermos de una Comunidad Terapéutica de Martutene la realización de una función sobre la vida de Moniz y la filmación de un documental sobre la preparación de la función. El resultado es una experiencia enriquecedora que sirve a los pacientes y a los propios creadores (que se sitúan del lado, siempre arbitrario, de la locura) para exorcizar algunos de sus fantasmas más íntimos y para lanzar una arenga lírica y desgarrada a la sociedad sobre la necesidad de la terapia y la atención individualizadas y el diálogo con los enfermos. Un discurso que, en estos tiempos de involucionismo en cuestiones sociales y cuando la psiquiatría tradicional parece haberse impuesto definitivamente sobre las interesantes propuestas de la antipsiquiatría, resulta, cuando menos, revulsivo. “Monos como Becky” mezcla las imágenes documentales en blanco y negro de los testimonios de familiares y conocidos de Moniz con las opiniones de psiquiatras, sociólogos y filósofos y con la preparación de la función por parte de los internos que se introducen en el interior de los personajes que rodearon al prestigioso psiquiatra en sus años de mayor celebridad.. El doctor Moniz experimentó su primera lobotomía en una orangutana llamada Becky y su éxito le decidió a experimentar en pacientes humanos siendo imitado por otros médicos y premiado por su “descubrimiento” y su “aportación a la ciencia”. Pero los resultados fueron muy pronto cuestionados por los que veían en la lobotomía, y por extensión en la mayor parte de las prácticas psiquiátricas (consistentes, aún hoy, sobre todo, en psicofármacos, terapias agresivas y ningún diálogo con los enfermos) una forma de reeducación sociopolítica y una técnica para reducir al silencio a aquellos, que desde su delirio, se atrevían a cuestionar con su lenguaje y su diferentes forma de vida , las normas sociales y morales de su época.
El filme parte como una aproximación biográfica caleidoscópica a una figura psiquiátrica polémica: Egas Moniz, el psiquiatra portugués (premio Nobel) que introdujo la psicocirugía ( con técnicas como la lobotomia en el lóbulo frontal) como forma de “solucionar” los problemas de los pacientes esquizofrénicos con crisis agudas y violentas. El resultado de la lobotomía, es bien sabido, no es sólo dar la paz al paciente y los que le rodean, sino despojarle a la vez de una parte importante de sus sentimientos y capacidades convirtiéndolos en seres sumisos y sin personalidad propia. La lobotomía y el atentado de un enfermo mental contra Moniz son elegidas como símbolo de la psiquiatría tradicional y de la revuelta desesperada de sus víctimas. Como contrapartida el director de “Monos como Becky” propone a los enfermos de una Comunidad Terapéutica de Martutene la realización de una función sobre la vida de Moniz y la filmación de un documental sobre la preparación de la función. El resultado es una experiencia enriquecedora que sirve a los pacientes y a los propios creadores (que se sitúan del lado, siempre arbitrario, de la locura) para exorcizar algunos de sus fantasmas más íntimos y para lanzar una arenga lírica y desgarrada a la sociedad sobre la necesidad de la terapia y la atención individualizadas y el diálogo con los enfermos. Un discurso que, en estos tiempos de involucionismo en cuestiones sociales y cuando la psiquiatría tradicional parece haberse impuesto definitivamente sobre las interesantes propuestas de la antipsiquiatría, resulta, cuando menos, revulsivo. “Monos como Becky” mezcla las imágenes documentales en blanco y negro de los testimonios de familiares y conocidos de Moniz con las opiniones de psiquiatras, sociólogos y filósofos y con la preparación de la función por parte de los internos que se introducen en el interior de los personajes que rodearon al prestigioso psiquiatra en sus años de mayor celebridad.. El doctor Moniz experimentó su primera lobotomía en una orangutana llamada Becky y su éxito le decidió a experimentar en pacientes humanos siendo imitado por otros médicos y premiado por su “descubrimiento” y su “aportación a la ciencia”. Pero los resultados fueron muy pronto cuestionados por los que veían en la lobotomía, y por extensión en la mayor parte de las prácticas psiquiátricas (consistentes, aún hoy, sobre todo, en psicofármacos, terapias agresivas y ningún diálogo con los enfermos) una forma de reeducación sociopolítica y una técnica para reducir al silencio a aquellos, que desde su delirio, se atrevían a cuestionar con su lenguaje y su diferentes forma de vida , las normas sociales y morales de su época.
Efecto Stroop
El Efecto Stroop es como se llama a una clase de interferencia semántica producida como consecuencia de nuestra automaticidad en la lectura. Esto nos ocurre cuando el significado de la palabra interfiere en la tarea de nombrar, por ejemplo, el color de la tinta en que está escrita. Imaginemos que nos preguntan de qué color están escritas las siguientes palabras:
Rojo
Casa
Verde
La mayoría de nosotros contestaremos rápidamente el nombre del color en que está escrita la palabra rojo, ya que coincide con el significado de la palabra. En cambio, con la palabra casa tardaremos algo más en responder, pues nos provoca una interferencia, aunque baja, su verdadero significado semántico. Pero la que nos produce mayor complicación de todas es la última, pues tenderemos a decir verde cuando el color en que está escrita es el azul. Nuestra atención es selectiva, esto quiere decir que la controlamos según nos interese, por lo que podremos prestar voluntariamente más atención a unas cosas que a otras en un momento dado, pero en ocasiones sufrimos interferencias como es el caso del efecto Stroop.
Rojo
Casa
Verde
La mayoría de nosotros contestaremos rápidamente el nombre del color en que está escrita la palabra rojo, ya que coincide con el significado de la palabra. En cambio, con la palabra casa tardaremos algo más en responder, pues nos provoca una interferencia, aunque baja, su verdadero significado semántico. Pero la que nos produce mayor complicación de todas es la última, pues tenderemos a decir verde cuando el color en que está escrita es el azul. Nuestra atención es selectiva, esto quiere decir que la controlamos según nos interese, por lo que podremos prestar voluntariamente más atención a unas cosas que a otras en un momento dado, pero en ocasiones sufrimos interferencias como es el caso del efecto Stroop.
Sesgos cognitivos: la ilusión de control
Extracto de http://psicoteca.blogspot.com
A los psicólogos nunca dejará de impresionarnos la capacidad humana para autoengañarse, una actividad que todos realizamos más frecuentemente de lo que parece. Lo interesante es que este acto de autoengaño suele tener, comúnmente, la función y resultado de hacernos más felices, porque cierra nuestros ojos ante las cosas más feas de este mundo. Es por eso que este mecanismo defensivo, protector de nuestra autoestima y felicidad, es adaptativo y puede haber sido seleccionado en el curso de la evolución hasta llegar a nuestros días.
De todas las formas de autoengaño que practicamos con mayor o menor frecuencia, las hay particularmente interesantes. Una de ellas es la creencia denodada y contra toda evidencia en una especie de "justicia universal" que los psicólogos llaman "creencia en el mundo justo" (Lerner, 1980). Esta creencia es tan generalizada que se ha trasladado al lenguaje coloquial en forma de numerosas expresiones y frases hechas, como "el tiempo pone a cada uno en su sitio", "quien siembra vientos recoge tempestades", y otras que podréis identificar por vuestra cuenta sin mucho esfuerzo. En este post voy a hablaros de algunos curiosos estudios que demuestran esta generalizada –e infundada- creencia en una forma de justicia universal.
Situaciones de azar vs. situaciones de habilidad
Pocos han elaborado esta distinción tan claramente como Langer (1975) en su recomendable artículo sobre la ilusión de control. Las situaciones a las que nos enfrentamos (o que simplemente presenciamos) en nuestra vida pueden clasificarse en función de si permiten o no la posibilidad de ser influenciadas o controladas por los individuos. Hay situaciones dominadas por el azar, y otras en las que la habilidad de los actores tiene algún papel. Valgan un par de ejemplos sencillos: La capacidad atlética de un corredor es fundamental en el resultado de una prueba de 100 metros lisos (situación de habilidad), y por lo tanto dicho corredor tiene algún control sobre el resultado. Por otro lado, las habilidades de un jugador de póker no pueden afectar en absoluto a las cartas que le hayan tocado al repartir la baraja (situación de azar), y concluiremos que el jugador no tiene control alguno sobre este resultado: si le han tocado malas cartas, no dependerá de sus habilidades, empeño, voluntad, etc.
Evidentemente, nuestra vida está plagada de situaciones en las que no existe el control del resultado por parte del individuo: los juegos de azar como la lotería, los accidentes, algunas enfermedades, los encuentros casuales... No obstante, los seres humanos nos resistimos a aceptar que el azar pueda dominar una parte importante de nuestras vidas. Esta realidad representaría un ataque en toda regla a nuestra autoestima, pues nos obligaría a vernos como lo que somos a menudo: muñecos moviéndose de un lado a otro a merced de un mar de olas aleatorias que golpean desde mil direcciones. Nos gusta más la imagen de un universo ordenado donde todo tiene una explicación lógica y sencilla, pensar lo contrario nos hace sufrir.
En consecuencia, y para evitar ese sufrimiento, interviene el autoengaño, y tendemos a tratar las situaciones de azar como si fueran situaciones de habilidad (es decir, tratamos las situaciones incontrolables como si pudiéramos controlarlas). Un jugador de lotería se siente más confiado en que va a obtener el premio si le permiten escoger el número con el que va a jugar (Langer, 1975); un jugador en un casino pondrá mucho cuidado y concentración al arrojar los dados sobre la mesa para conseguir el número que desea (Henslin, 1967), o bien acarreará amuletos para "atraer la buena suerte"; los familiares de un fallecido en un accidente buscarán una explicación más allá de la pura casualidad o el azar (Kushner, 1981)... En este proceso de autoengaño intervienen múltiples factores que pueden estudiarse desde muchos puntos de vista.
El mundo justo
La misma motivación (es decir, la protección de nuestra autoestima ante un mundo repleto de situaciones dominadas por el azar, ante las que estamos desprotegidos) subyace a la creencia generalizada en que las acciones y sus resultados comparten la misma valencia afectiva. Ésta es la "hipótesis del mundo justo": los actos buenos tienen consecuencias positivas, mientras que los actos malos tienen consecuencias negativas; las cosas buenas les suceden a las buenas personas, pero las cosas malas les suceden a las personas malvadas (Langer, 1975; en realidad, Piaget ya observó este tipo de razonamiento con anterioridad, pero lo vinculó a los estadios de desarrollo previos a la edad adulta, algo que como veremos no es cierto). Esta creencia en la justicia universal elimina el papel del azar, incluso en situaciones donde el azar es claramente el único o principal determinante, y por esto nos hace sentir más cómodos en el mundo. Vamos ahora a ver algunos ejemplos donde la creencia en el mundo justo se investiga empíricamente.
En uno de sus experimentos, Lerner (1965) pidió a sus participantes que evaluasen las aptitudes de dos trabajadores, uno de los cuales había obtenido una bonificación por casualidad. Sistemáticamente, los participantes juzgaron más competente a este trabajador que fue recompensado, incluso aunque supieran que esto ocurrió de manera fortuita, accidental. Es como si quisieran "poner las cosas en su sitio": si recibió la recompensa, tuvo que merecerla, porque si no el mundo sería un lugar injusto.
En la misma línea, Lerner y Simmons (1966) complementaron el anterior experimento con un estudio en el que los participantes observaron como otro participante (realmente, un actor conchabado con el experimentador) recibía descargas eléctricas como castigo a errores menores en un experimento en el que creían estar tomando parte. En aquellas situaciones en las que los participantes no podían hacer nada para evitar que esta persona fuera castigada, se observó cómo los sujetos tendían a devaluar o negar el sufrimiento de la víctima. De nuevo, parecían mostrar preferencia por la hipótesis del mundo justo: "si no puedo actuar para detener tu castigo, entonces es mejor creer que te lo mereces, o que no es tan doloroso, y así no me siento mal por ello".
Tienes lo que te mereces
Profundizando más en el estudio de la creencia en el mundo justo, Callan, Ellard y Nicol (2006) llevaron a cabo una serie de experimentos en los que manipularon una variable que resultó ser clave: la valencia afectiva (bueno vs. malo) de los actos que unos individuos llevaron a cabo antes de pasar por una situación de azar (no controlable). Los participantes en los experimentos de Callan y colaboradores leyeron dos historias diferentes, en una de ellas el protagonista obtenía un evento positivo por azar (ganar la lotería), y en la otra pasaba por una situación negativa también por azar (ser víctima de un accidente de automóvil). Además de esto, se ofreció información distinta acerca de los protagonistas de estas historias: a la mitad de los participantes se les dijo que el protagonista ganador de la lotería había tenido un buen comportamiento previamente al sorteo, a la otra mitad se les dio la información opuesta; del mismo modo, la mitad de los participantes fue informada de que el protagonista de la historia del accidente de carretera había engañado a su pareja recientemente ("mala persona"), mientras que la otra mitad de los participantes solamente supo que el protagonista estaba planeando unas vacaciones familiares ("buena persona"). Los resultados mostraron cómo, en ambas historias, los sujetos juzgaron que estos eventos objetivamente incontrolables (ganar la lotería, ser víctima de un accidente) fueron resultado de las acciones previas de los protagonistas (tener buen comportamiento, cometer adulterio) sólo cuando la valencia de estas acciones coincidía con la de los eventos. Es decir, tanto el triunfo en el sorteo como el accidente se reconocieron como eventos fruto del azar e incontrolables cuando éstos no "encajaban" (suponiendo que el mundo es justo) con los actos previos del protagonista: si una persona mala y mezquina gana un sorteo es porque ha tenido suerte; si una buena persona es atropellada mortalmente no ha sido culpa suya. Sin embargo, cuando los actos coincidían con los eventos experimentados por los protagonistas, la creencia en el mundo justo salía a relucir: si el protagonista de una de las historias ganó el sorteo, se debe a que es una buena persona; si el otro protagonista fue atropellado, fue por haber cometido adulterio. En otras palabras: según los sujetos del estudio, ambos protagonistas merecían lo que les pasó (sea positivo o negativo), y no sólo eso, sino que estos eventos fueron entendidos como el fruto lógico de sus actos (porque en el mundo justo, los actos buenos producen recompensas, mientras que los actos malvados derivan en castigos).
Por último, voy a comentar otro estudio que añade un factor de lo más interesante: el atractivo físico del protagonista. Callan, Powell y Ellard (2007) pusieron sobre la mesa la creencia de que "los guapos son buenos" que tanto han contribuido a perpetuar los cuentos infantiles y, con escasas excepciones, las películas de Disney y Hollywood (¿no es frecuente que los heroicos protagonistas de estos cuentos y películas sean retratados a la vez como hermosos y bondadosos, y para completar el cuadro acaben triunfando en sus gestas?). Cuando nos presentan a una persona físicamente atractiva, le atribuimos cualidades positivas, también en el plano moral ("son buenas personas"). Imagine el lector que asiste a la representación de una tragedia, la muerte de una mujer, como hicieron los participantes (mayoritariamente mujeres) del estudio de Callan y colaboradores (2007). La trampa vino a continuación: la mitad de los participantes observaron la muerte de una mujer hermosa, mientras que los demás asistieron a la muerte de una mujer no tan atractiva. Como podemos imaginar a estas alturas, los primeros juzgaron la tragedia como indudablemente más injusta y dolorosa que los otros. Curiosamente, el mecanismo funciona en dos direcciones, puesto que en un segundo experimento se invirtió el orden de los acontecimientos. Los sujetos leyeron un relato en el que una mujer resultaba herida en un incendio accidental en una casa (es decir, que fue víctima de una injusticia). A continuación, debían escoger en un banco de imágenes la cara de la protagonista tal como la habían imaginado al leer la historia. Aquellos participantes a los que se les hizo creer que el sufrimiento de la mujer había sido grande escogieron caras significativamente menos atractivas que aquellos a los que se les dijo que las secuelas del incendio habían sido mínimas. De nuevo, la "injusticia" no cabe en la cabeza de los participantes: si la mujer fue herida salvajemente, no podía ser bonita, esto sería "injusto".
En cualquier caso, todo el proceso de autoengaño cumple su objetivo al presentarnos un mundo justo en el que las personas no son recompensadas o castigadas por azar, sino porque lo merecen (y sorprendentemente la belleza física cuenta como "bondad" en este razonamiento). Infundadamente, "rellenamos" los espacios huecos que preceden a todo aquello que sucede por azar o por razones desconocidas, mediante la atribución de estos eventos a causas que nos parecen lógicas y justas. Así ponemos orden en el mundo, aunque lo hagamos de espaldas a la realidad. En mi opinión, ser irracionales nos protege de un vacío insoportable de mirar, y por eso la evolución nos hizo así. Irracionales.
Referencias:
Callan, M., Ellard, J., & Nicol, J. (2006). The Belief in a Just World and Immanent Justice Reasoning in Adults Personality and Social Psychology Bulletin, 32 (12), 1646-1658 DOI: 10.1177/0146167206292236
Callan, M., Powell, N., & Ellard, J. (2007). The Consequences of Victim Physical Attractiveness on Reactions to Injustice: The Role of Observers’ Belief in a Just World Social Justice Research, 20 (4), 433-456 DOI: 10.1007/s11211-007-0053-9
Henslin, J. M. (1967). Craps and magic. American Journal of Sociology, 73, 316-330.
Kushner, H. S. (1981). When bad things happen to good people. New York: Abon Books.
Langer, E. J. (1975). The illusion of control. Journal of Personality and Social Psychology, 32, 311-328.
Lerner, M. J. (1965). Evaluation of performance as a function of performer's reward and attractiveness. Journal of Personality and Social Psychology, 1, 355-360.
Lerner, M. J. (1980). The belief in a just world: A fundamental delusion. New York: Plenum.
Lerner, M. J., y Simmons, C. H. (1966). Oberver's reaction to the "innocent victim": Compassion or rejection? Journal of Personality and Social Psychology, 4, 203-210.
Extracto de http://www.cop.es
ILUSIÓN DE CONTROL
De acuerdo con los estudios sobre la ilusión de control, el hecho de que los sujetos puedan realizar cualquier acción o elección que remotamente pueda tener alguna influencia en el proceso que está intentando controlar tiene influencia en el comportamiento del individuo. (Langer, 1975; Rodin y Langer 1977; Dunn y Wilson 1990; Johnston et al, 1992). Hacer cualquier elección en una tarea absolutamente aleatoria, por ejemplo el hecho de tirar los dados en las apuestas, influye en el comportamiento del sujeto.
CONTROL PERCIBIDO Y SU EFECTO EN EL DOLOR
M.Weisenberg admite el control percibido como una variable que media en el dolor agudo y en el crónico. Se han realizado experi-mentos dejando al pacien-te que controle la medicación que toma en los postoperato-rios con reducción de las dosis de medicación y con reportes de menos dolor.
Dar a los sujetos algún grado de control sobre las estímula-ciones dolorosas en situaciones de laboratorio reduce el estrés e incrementa la tolerancia al dolor. Se explica porque la incerti-dumbre incrementa la ansiedad. Averill piensa que la disminución de la incertidumbre es más importante que la conducta de control en si misma. Parece que influye también el grado de arousal que se genera en la situación, el control es más impor-tante en altos grados de arousal. Si el control supone una vigilancia continuapuede aumentar la ansiedad y no ser efectivo. En situaciones más predictibles los sujetos se adaptan menos al dolor en base a que entre choques se pueden relajar.
La hipótesis del minimax asegura que el control permite a la persona saber que existe un límite al daño que se puede hacer mientras que las personas sin control no tienen conciencia de ese mínimo.
No todas las personas quieren ejercer control sobre la situa-ción dolorosa. algunas prefieren dejarlo para el médico. Parece que los sujetos con autoeficacia percibida como baja prefieren dejar el control al experimentador o al médico.
Una vez realizadas las conductas de afrontamiento, se puede realizar una atribución de su éxito o fracaso. Este proceso de atribución está en la base del control percibido. No basta que el afrontamiento haya sido efectivo o no para poder deducir las consecuencias en el individuo. Es la respuesta de atribu-ción la que media en el proceso de percepción del control.
Se admite que las dimen-siones en las que se realiza esta atribu-ción (Weiner, 1979) son:
Externa-interna
Global-específica
Estable-inestable
De acuerdo con estas atribuciones se orientará las ulteriores respuestas de coping del sujeto.
En un proceso de dolor crónico fallan los mecanismos de coping y se da el fenómeno de no contingencia que está en la base de la teoría de la indefensión aprendida sobre la depresión (Abramson, 1978).
En un estudio interesante a la mitad de los pacientes con jaqueca recibieron feedback para incrementos de EMG. la otra mitad para reducciones de tensión en el músculo frontal. A todos los suje-tos, sin embargo se les dijo que habían aprendi-do a decrementar la tensión en los músculos. En cada uno de estos grupos a la mitad recibieron un feedback indicando altos niveles de éxito mientras que la otra mitad débiles. Indepen-dientemente de la dirección del feedback del EMG los pacientes que recibieron un alto feedback de éxito mostraron mayores reducciones significati-vas de las jaquecas y mayores y signi-ficativas puntuaciones en autoeficacia.
Relación entre las expe-riencias de aprendizaje y los procesos de atribución. Parece que estas experiencias tienen poco efecto en la elevación o el fortalecimiento de las creencias de autoe-ficacia si no se atribuyen al propio esfuerzo y/o habili-dad.
La ilusión de control en el juego patológico
(Resumen de Ladouceur, R. ,1993 Aspectos fundamentales y clínicos de la psicología de los juegos de azar y de dinero. Psicología conductual Vol. 1 No. 3 pp. 351-360)
"Ellen Langer (1975) afirma que los jugadores desarrollan una percepción de control ilusorio en lo que se refiere a juegos de azar y de dinero. El individuo, en situación de juego, recurriría a sus habilidades o a su destreza y desarrollaría unas nuevas estrategias para vencer al azar. Así, sobrevaloraría sus posibilidades subjetivas de ganar. En lo que se refiere a esto, recordemos tan sólo al jugador de ruleta que anota sistemáticamente a lo largo de noches enteras todos los números a fin de utilizarlos, en el momento que juzgue oportuno y hacer la apuesta ganadora. No estamos acostumbrados como seres inteligentes que somos a considerar el azar como una explicación justa y plausible de un acontecimiento. Invocamos habitualmente al azar cuando tocamos las fronteras de nuestro conocimiento o cuando abordamos un fenómeno completamente inhabitual. Estudios empíricos demuestras que cuando estos sujetos debe genera números al azar son incapaces de hacerlo.
En efecto, los estudios demuestras que los individuos son generalmente incapaces de producir secuencias aleatorias y mantienen una gran confusión en lo que se refiere a la parte concerniente al azar y a las habilidades en diferentes juegos. Wagenaar (1988) publicó una brillante discusión sobre este problema desconocido para la mayoría de los clínicos. Los sujetos de este estudio tienden a evitar, de forma excesiva, las repeticiones, produciendo un número demasiado grande de alternancias. En el laboratorio de Ladouceur se han realizado una serie de estudios sobre el tema (Ladouceur y Bordier 1991). El error cognitivo que está e la base de esta desviación es que la gente es incapaz de tener en cuenta la independencia de los acontecimientos. Esta dificultad sería, nuestra opinión, el elemento más importante para comprender la dinámica del jugador en nuestro programa de terapia.
A lo largo de sus investigaciones, llevadas a cabo para verificar los diversos factores que influencian la ilusión de control, han observado un fenómeno inesperado: la asunción de riesgo monetario aumentaba a medida que participaba en el juego. El contacto o la exposición al juego incita al jugador a asumir una toma de riesgo monetario creciente, Esta tendencia se manifestaba en todos los juegos (Black jack, Ruleta, Video-poker, Máquinas tragaperras) y en todas las categorías de jugadores participantes, (principiantes, habituales, patológicos) que juegan solos o en grupo. (Ladouceur, Tourigny y Mayrand, 1986). Este resultado ha sido hallado con tal constancia en todos nuestros trabajos que está claro que el efecto entrenamiento en los juegos de azar ocupa un papel crucial y que será importante tenerlo en cuenta cuando abordemos el tratamiento de los jugadores patológicos. Se encuentra una bonita ilustración de este hecho con la ocasión de una partida de cartas entre amigos. Antes de terminar el juego al final de la partida un jugador propone una apuesta tan elevada que hubiera sido juzgada inaceptable o insensata por todos los participantes si esta hubiera sido hecha al principio del juego. Pero, ¿Este efecto del entrenamiento es rápido?, ¿Hacen falta varias sesiones de juego para observarlo? ¿es duradero?. Los autores han contestado a estas preguntas observando en tres sesiones de ruleta a los jugadores principiantes y a los habituales. Anotaban cada día la suma de dinero o de fichas apostadas. Querían conocer la evolución de las apuestas a lo largo de varias sesiones de juego y sobre todo el nivel de partida de las apuestas en relación con las de la sesión anterior. Los resultados muestran una toma de riesgo que se mantiene en el tiempo ya que los jugadores, principiantes o habituales, no volvían nunca a su apuesta inicial de la primera sesión. Empezaba la sesión subsiguiente apostando más fuerte que al principio de la sesión precedente. Pero un resultado inesperado fue que en la última sesión de juego, ya no se podía distinguir la curva de la toma de riesgo monetario de los jugadores habituales de la de los jugadores principiantes. Ladouceur et al (1986). Es necesario señalar que la tendencia no era que los jugadores habituales se hubieran vuelto más avariciosos en sus apuestas."
A los psicólogos nunca dejará de impresionarnos la capacidad humana para autoengañarse, una actividad que todos realizamos más frecuentemente de lo que parece. Lo interesante es que este acto de autoengaño suele tener, comúnmente, la función y resultado de hacernos más felices, porque cierra nuestros ojos ante las cosas más feas de este mundo. Es por eso que este mecanismo defensivo, protector de nuestra autoestima y felicidad, es adaptativo y puede haber sido seleccionado en el curso de la evolución hasta llegar a nuestros días.
De todas las formas de autoengaño que practicamos con mayor o menor frecuencia, las hay particularmente interesantes. Una de ellas es la creencia denodada y contra toda evidencia en una especie de "justicia universal" que los psicólogos llaman "creencia en el mundo justo" (Lerner, 1980). Esta creencia es tan generalizada que se ha trasladado al lenguaje coloquial en forma de numerosas expresiones y frases hechas, como "el tiempo pone a cada uno en su sitio", "quien siembra vientos recoge tempestades", y otras que podréis identificar por vuestra cuenta sin mucho esfuerzo. En este post voy a hablaros de algunos curiosos estudios que demuestran esta generalizada –e infundada- creencia en una forma de justicia universal.
Situaciones de azar vs. situaciones de habilidad
Pocos han elaborado esta distinción tan claramente como Langer (1975) en su recomendable artículo sobre la ilusión de control. Las situaciones a las que nos enfrentamos (o que simplemente presenciamos) en nuestra vida pueden clasificarse en función de si permiten o no la posibilidad de ser influenciadas o controladas por los individuos. Hay situaciones dominadas por el azar, y otras en las que la habilidad de los actores tiene algún papel. Valgan un par de ejemplos sencillos: La capacidad atlética de un corredor es fundamental en el resultado de una prueba de 100 metros lisos (situación de habilidad), y por lo tanto dicho corredor tiene algún control sobre el resultado. Por otro lado, las habilidades de un jugador de póker no pueden afectar en absoluto a las cartas que le hayan tocado al repartir la baraja (situación de azar), y concluiremos que el jugador no tiene control alguno sobre este resultado: si le han tocado malas cartas, no dependerá de sus habilidades, empeño, voluntad, etc.
Evidentemente, nuestra vida está plagada de situaciones en las que no existe el control del resultado por parte del individuo: los juegos de azar como la lotería, los accidentes, algunas enfermedades, los encuentros casuales... No obstante, los seres humanos nos resistimos a aceptar que el azar pueda dominar una parte importante de nuestras vidas. Esta realidad representaría un ataque en toda regla a nuestra autoestima, pues nos obligaría a vernos como lo que somos a menudo: muñecos moviéndose de un lado a otro a merced de un mar de olas aleatorias que golpean desde mil direcciones. Nos gusta más la imagen de un universo ordenado donde todo tiene una explicación lógica y sencilla, pensar lo contrario nos hace sufrir.
En consecuencia, y para evitar ese sufrimiento, interviene el autoengaño, y tendemos a tratar las situaciones de azar como si fueran situaciones de habilidad (es decir, tratamos las situaciones incontrolables como si pudiéramos controlarlas). Un jugador de lotería se siente más confiado en que va a obtener el premio si le permiten escoger el número con el que va a jugar (Langer, 1975); un jugador en un casino pondrá mucho cuidado y concentración al arrojar los dados sobre la mesa para conseguir el número que desea (Henslin, 1967), o bien acarreará amuletos para "atraer la buena suerte"; los familiares de un fallecido en un accidente buscarán una explicación más allá de la pura casualidad o el azar (Kushner, 1981)... En este proceso de autoengaño intervienen múltiples factores que pueden estudiarse desde muchos puntos de vista.
El mundo justo
La misma motivación (es decir, la protección de nuestra autoestima ante un mundo repleto de situaciones dominadas por el azar, ante las que estamos desprotegidos) subyace a la creencia generalizada en que las acciones y sus resultados comparten la misma valencia afectiva. Ésta es la "hipótesis del mundo justo": los actos buenos tienen consecuencias positivas, mientras que los actos malos tienen consecuencias negativas; las cosas buenas les suceden a las buenas personas, pero las cosas malas les suceden a las personas malvadas (Langer, 1975; en realidad, Piaget ya observó este tipo de razonamiento con anterioridad, pero lo vinculó a los estadios de desarrollo previos a la edad adulta, algo que como veremos no es cierto). Esta creencia en la justicia universal elimina el papel del azar, incluso en situaciones donde el azar es claramente el único o principal determinante, y por esto nos hace sentir más cómodos en el mundo. Vamos ahora a ver algunos ejemplos donde la creencia en el mundo justo se investiga empíricamente.
En uno de sus experimentos, Lerner (1965) pidió a sus participantes que evaluasen las aptitudes de dos trabajadores, uno de los cuales había obtenido una bonificación por casualidad. Sistemáticamente, los participantes juzgaron más competente a este trabajador que fue recompensado, incluso aunque supieran que esto ocurrió de manera fortuita, accidental. Es como si quisieran "poner las cosas en su sitio": si recibió la recompensa, tuvo que merecerla, porque si no el mundo sería un lugar injusto.
En la misma línea, Lerner y Simmons (1966) complementaron el anterior experimento con un estudio en el que los participantes observaron como otro participante (realmente, un actor conchabado con el experimentador) recibía descargas eléctricas como castigo a errores menores en un experimento en el que creían estar tomando parte. En aquellas situaciones en las que los participantes no podían hacer nada para evitar que esta persona fuera castigada, se observó cómo los sujetos tendían a devaluar o negar el sufrimiento de la víctima. De nuevo, parecían mostrar preferencia por la hipótesis del mundo justo: "si no puedo actuar para detener tu castigo, entonces es mejor creer que te lo mereces, o que no es tan doloroso, y así no me siento mal por ello".
Tienes lo que te mereces
Profundizando más en el estudio de la creencia en el mundo justo, Callan, Ellard y Nicol (2006) llevaron a cabo una serie de experimentos en los que manipularon una variable que resultó ser clave: la valencia afectiva (bueno vs. malo) de los actos que unos individuos llevaron a cabo antes de pasar por una situación de azar (no controlable). Los participantes en los experimentos de Callan y colaboradores leyeron dos historias diferentes, en una de ellas el protagonista obtenía un evento positivo por azar (ganar la lotería), y en la otra pasaba por una situación negativa también por azar (ser víctima de un accidente de automóvil). Además de esto, se ofreció información distinta acerca de los protagonistas de estas historias: a la mitad de los participantes se les dijo que el protagonista ganador de la lotería había tenido un buen comportamiento previamente al sorteo, a la otra mitad se les dio la información opuesta; del mismo modo, la mitad de los participantes fue informada de que el protagonista de la historia del accidente de carretera había engañado a su pareja recientemente ("mala persona"), mientras que la otra mitad de los participantes solamente supo que el protagonista estaba planeando unas vacaciones familiares ("buena persona"). Los resultados mostraron cómo, en ambas historias, los sujetos juzgaron que estos eventos objetivamente incontrolables (ganar la lotería, ser víctima de un accidente) fueron resultado de las acciones previas de los protagonistas (tener buen comportamiento, cometer adulterio) sólo cuando la valencia de estas acciones coincidía con la de los eventos. Es decir, tanto el triunfo en el sorteo como el accidente se reconocieron como eventos fruto del azar e incontrolables cuando éstos no "encajaban" (suponiendo que el mundo es justo) con los actos previos del protagonista: si una persona mala y mezquina gana un sorteo es porque ha tenido suerte; si una buena persona es atropellada mortalmente no ha sido culpa suya. Sin embargo, cuando los actos coincidían con los eventos experimentados por los protagonistas, la creencia en el mundo justo salía a relucir: si el protagonista de una de las historias ganó el sorteo, se debe a que es una buena persona; si el otro protagonista fue atropellado, fue por haber cometido adulterio. En otras palabras: según los sujetos del estudio, ambos protagonistas merecían lo que les pasó (sea positivo o negativo), y no sólo eso, sino que estos eventos fueron entendidos como el fruto lógico de sus actos (porque en el mundo justo, los actos buenos producen recompensas, mientras que los actos malvados derivan en castigos).
Por último, voy a comentar otro estudio que añade un factor de lo más interesante: el atractivo físico del protagonista. Callan, Powell y Ellard (2007) pusieron sobre la mesa la creencia de que "los guapos son buenos" que tanto han contribuido a perpetuar los cuentos infantiles y, con escasas excepciones, las películas de Disney y Hollywood (¿no es frecuente que los heroicos protagonistas de estos cuentos y películas sean retratados a la vez como hermosos y bondadosos, y para completar el cuadro acaben triunfando en sus gestas?). Cuando nos presentan a una persona físicamente atractiva, le atribuimos cualidades positivas, también en el plano moral ("son buenas personas"). Imagine el lector que asiste a la representación de una tragedia, la muerte de una mujer, como hicieron los participantes (mayoritariamente mujeres) del estudio de Callan y colaboradores (2007). La trampa vino a continuación: la mitad de los participantes observaron la muerte de una mujer hermosa, mientras que los demás asistieron a la muerte de una mujer no tan atractiva. Como podemos imaginar a estas alturas, los primeros juzgaron la tragedia como indudablemente más injusta y dolorosa que los otros. Curiosamente, el mecanismo funciona en dos direcciones, puesto que en un segundo experimento se invirtió el orden de los acontecimientos. Los sujetos leyeron un relato en el que una mujer resultaba herida en un incendio accidental en una casa (es decir, que fue víctima de una injusticia). A continuación, debían escoger en un banco de imágenes la cara de la protagonista tal como la habían imaginado al leer la historia. Aquellos participantes a los que se les hizo creer que el sufrimiento de la mujer había sido grande escogieron caras significativamente menos atractivas que aquellos a los que se les dijo que las secuelas del incendio habían sido mínimas. De nuevo, la "injusticia" no cabe en la cabeza de los participantes: si la mujer fue herida salvajemente, no podía ser bonita, esto sería "injusto".
En cualquier caso, todo el proceso de autoengaño cumple su objetivo al presentarnos un mundo justo en el que las personas no son recompensadas o castigadas por azar, sino porque lo merecen (y sorprendentemente la belleza física cuenta como "bondad" en este razonamiento). Infundadamente, "rellenamos" los espacios huecos que preceden a todo aquello que sucede por azar o por razones desconocidas, mediante la atribución de estos eventos a causas que nos parecen lógicas y justas. Así ponemos orden en el mundo, aunque lo hagamos de espaldas a la realidad. En mi opinión, ser irracionales nos protege de un vacío insoportable de mirar, y por eso la evolución nos hizo así. Irracionales.
Referencias:
Callan, M., Ellard, J., & Nicol, J. (2006). The Belief in a Just World and Immanent Justice Reasoning in Adults Personality and Social Psychology Bulletin, 32 (12), 1646-1658 DOI: 10.1177/0146167206292236
Callan, M., Powell, N., & Ellard, J. (2007). The Consequences of Victim Physical Attractiveness on Reactions to Injustice: The Role of Observers’ Belief in a Just World Social Justice Research, 20 (4), 433-456 DOI: 10.1007/s11211-007-0053-9
Henslin, J. M. (1967). Craps and magic. American Journal of Sociology, 73, 316-330.
Kushner, H. S. (1981). When bad things happen to good people. New York: Abon Books.
Langer, E. J. (1975). The illusion of control. Journal of Personality and Social Psychology, 32, 311-328.
Lerner, M. J. (1965). Evaluation of performance as a function of performer's reward and attractiveness. Journal of Personality and Social Psychology, 1, 355-360.
Lerner, M. J. (1980). The belief in a just world: A fundamental delusion. New York: Plenum.
Lerner, M. J., y Simmons, C. H. (1966). Oberver's reaction to the "innocent victim": Compassion or rejection? Journal of Personality and Social Psychology, 4, 203-210.
Extracto de http://www.cop.es
ILUSIÓN DE CONTROL
De acuerdo con los estudios sobre la ilusión de control, el hecho de que los sujetos puedan realizar cualquier acción o elección que remotamente pueda tener alguna influencia en el proceso que está intentando controlar tiene influencia en el comportamiento del individuo. (Langer, 1975; Rodin y Langer 1977; Dunn y Wilson 1990; Johnston et al, 1992). Hacer cualquier elección en una tarea absolutamente aleatoria, por ejemplo el hecho de tirar los dados en las apuestas, influye en el comportamiento del sujeto.
CONTROL PERCIBIDO Y SU EFECTO EN EL DOLOR
M.Weisenberg admite el control percibido como una variable que media en el dolor agudo y en el crónico. Se han realizado experi-mentos dejando al pacien-te que controle la medicación que toma en los postoperato-rios con reducción de las dosis de medicación y con reportes de menos dolor.
Dar a los sujetos algún grado de control sobre las estímula-ciones dolorosas en situaciones de laboratorio reduce el estrés e incrementa la tolerancia al dolor. Se explica porque la incerti-dumbre incrementa la ansiedad. Averill piensa que la disminución de la incertidumbre es más importante que la conducta de control en si misma. Parece que influye también el grado de arousal que se genera en la situación, el control es más impor-tante en altos grados de arousal. Si el control supone una vigilancia continuapuede aumentar la ansiedad y no ser efectivo. En situaciones más predictibles los sujetos se adaptan menos al dolor en base a que entre choques se pueden relajar.
La hipótesis del minimax asegura que el control permite a la persona saber que existe un límite al daño que se puede hacer mientras que las personas sin control no tienen conciencia de ese mínimo.
No todas las personas quieren ejercer control sobre la situa-ción dolorosa. algunas prefieren dejarlo para el médico. Parece que los sujetos con autoeficacia percibida como baja prefieren dejar el control al experimentador o al médico.
Una vez realizadas las conductas de afrontamiento, se puede realizar una atribución de su éxito o fracaso. Este proceso de atribución está en la base del control percibido. No basta que el afrontamiento haya sido efectivo o no para poder deducir las consecuencias en el individuo. Es la respuesta de atribu-ción la que media en el proceso de percepción del control.
Se admite que las dimen-siones en las que se realiza esta atribu-ción (Weiner, 1979) son:
Externa-interna
Global-específica
Estable-inestable
De acuerdo con estas atribuciones se orientará las ulteriores respuestas de coping del sujeto.
En un proceso de dolor crónico fallan los mecanismos de coping y se da el fenómeno de no contingencia que está en la base de la teoría de la indefensión aprendida sobre la depresión (Abramson, 1978).
En un estudio interesante a la mitad de los pacientes con jaqueca recibieron feedback para incrementos de EMG. la otra mitad para reducciones de tensión en el músculo frontal. A todos los suje-tos, sin embargo se les dijo que habían aprendi-do a decrementar la tensión en los músculos. En cada uno de estos grupos a la mitad recibieron un feedback indicando altos niveles de éxito mientras que la otra mitad débiles. Indepen-dientemente de la dirección del feedback del EMG los pacientes que recibieron un alto feedback de éxito mostraron mayores reducciones significati-vas de las jaquecas y mayores y signi-ficativas puntuaciones en autoeficacia.
Relación entre las expe-riencias de aprendizaje y los procesos de atribución. Parece que estas experiencias tienen poco efecto en la elevación o el fortalecimiento de las creencias de autoe-ficacia si no se atribuyen al propio esfuerzo y/o habili-dad.
La ilusión de control en el juego patológico
(Resumen de Ladouceur, R. ,1993 Aspectos fundamentales y clínicos de la psicología de los juegos de azar y de dinero. Psicología conductual Vol. 1 No. 3 pp. 351-360)
"Ellen Langer (1975) afirma que los jugadores desarrollan una percepción de control ilusorio en lo que se refiere a juegos de azar y de dinero. El individuo, en situación de juego, recurriría a sus habilidades o a su destreza y desarrollaría unas nuevas estrategias para vencer al azar. Así, sobrevaloraría sus posibilidades subjetivas de ganar. En lo que se refiere a esto, recordemos tan sólo al jugador de ruleta que anota sistemáticamente a lo largo de noches enteras todos los números a fin de utilizarlos, en el momento que juzgue oportuno y hacer la apuesta ganadora. No estamos acostumbrados como seres inteligentes que somos a considerar el azar como una explicación justa y plausible de un acontecimiento. Invocamos habitualmente al azar cuando tocamos las fronteras de nuestro conocimiento o cuando abordamos un fenómeno completamente inhabitual. Estudios empíricos demuestras que cuando estos sujetos debe genera números al azar son incapaces de hacerlo.
En efecto, los estudios demuestras que los individuos son generalmente incapaces de producir secuencias aleatorias y mantienen una gran confusión en lo que se refiere a la parte concerniente al azar y a las habilidades en diferentes juegos. Wagenaar (1988) publicó una brillante discusión sobre este problema desconocido para la mayoría de los clínicos. Los sujetos de este estudio tienden a evitar, de forma excesiva, las repeticiones, produciendo un número demasiado grande de alternancias. En el laboratorio de Ladouceur se han realizado una serie de estudios sobre el tema (Ladouceur y Bordier 1991). El error cognitivo que está e la base de esta desviación es que la gente es incapaz de tener en cuenta la independencia de los acontecimientos. Esta dificultad sería, nuestra opinión, el elemento más importante para comprender la dinámica del jugador en nuestro programa de terapia.
A lo largo de sus investigaciones, llevadas a cabo para verificar los diversos factores que influencian la ilusión de control, han observado un fenómeno inesperado: la asunción de riesgo monetario aumentaba a medida que participaba en el juego. El contacto o la exposición al juego incita al jugador a asumir una toma de riesgo monetario creciente, Esta tendencia se manifestaba en todos los juegos (Black jack, Ruleta, Video-poker, Máquinas tragaperras) y en todas las categorías de jugadores participantes, (principiantes, habituales, patológicos) que juegan solos o en grupo. (Ladouceur, Tourigny y Mayrand, 1986). Este resultado ha sido hallado con tal constancia en todos nuestros trabajos que está claro que el efecto entrenamiento en los juegos de azar ocupa un papel crucial y que será importante tenerlo en cuenta cuando abordemos el tratamiento de los jugadores patológicos. Se encuentra una bonita ilustración de este hecho con la ocasión de una partida de cartas entre amigos. Antes de terminar el juego al final de la partida un jugador propone una apuesta tan elevada que hubiera sido juzgada inaceptable o insensata por todos los participantes si esta hubiera sido hecha al principio del juego. Pero, ¿Este efecto del entrenamiento es rápido?, ¿Hacen falta varias sesiones de juego para observarlo? ¿es duradero?. Los autores han contestado a estas preguntas observando en tres sesiones de ruleta a los jugadores principiantes y a los habituales. Anotaban cada día la suma de dinero o de fichas apostadas. Querían conocer la evolución de las apuestas a lo largo de varias sesiones de juego y sobre todo el nivel de partida de las apuestas en relación con las de la sesión anterior. Los resultados muestran una toma de riesgo que se mantiene en el tiempo ya que los jugadores, principiantes o habituales, no volvían nunca a su apuesta inicial de la primera sesión. Empezaba la sesión subsiguiente apostando más fuerte que al principio de la sesión precedente. Pero un resultado inesperado fue que en la última sesión de juego, ya no se podía distinguir la curva de la toma de riesgo monetario de los jugadores habituales de la de los jugadores principiantes. Ladouceur et al (1986). Es necesario señalar que la tendencia no era que los jugadores habituales se hubieran vuelto más avariciosos en sus apuestas."
Oliver Nelson "The Blues and the Abstract Truth" 1961
1. Stolen Moments
2. Hoe-Down
3. Cascades
4. Yearnin'
5. Butch and Butch
6. Teenie's Blues
Oliver Nelson - Saxos alto y tenor
Eric Dolphy - Saxo alto y flauta
George Barrow - Saxo barítono
Freddie Hubbard - Trompeta
Bill Evans - Piano
Paul Chambers - Contrabajo
Roy Haynes - Batería
Impulse, 1961
Extracto biográfico extraído de "Apoloybaco":
Saxofonista tenor y soprano, Oliver Nelson empezó a estudiar piano a los seis años y a los once, aun en edad escolar, tuvo su primer contrato profesional en la orquesta de Cottie Williams, donde su hermano también era saxofonista. Entre 1947 y 1948, trabajó con la orquesta de George Hudson, en 1949 con Nat Towles y al año siguiente entró a formar parte de la bigband de Louis Jordan, con quien trabajó hasta bien entrado el año 1951.
Entre 1952 y 1954 cumplió el servicio militar en la Marina americana donde formó parte de su banda llegando a actuar en el lejano Japón. Cursó estudios en la "Lincoln University" para perfeccionar sus conocimientos musicales y en 1959 se trasladó a New York donde tocó con Erskine Hawkins, Wild Bill Davis y Louis Belson. En 1960 empezó a interesarse por la composición donde comenzó con un espléndido quinteto para instrumentos de viento exclusivamente. Al año siguiente compuso un ciclo de songs para saxo contralto y piano y en 1962 estreno la obra "Dirge" para orquesta de cámara. Quincy Jones lo llamó para que colaborara con él y su popularidad le dio la posibilidad de formar su propio grupo en el que pasaron, Miles Davis, Bill Evans y Eric Dolphy entre otros grandes músicos.
A finales de los años sesenta se trasladó a California prosiguiendo allí su actividad de compositor, destacando su creatividad a la hora de improvisar. Probablemente su posición en la historia del jazz sería otra bien distinta, si un buen día de 1961 no hubiese grabado el disco que le encumbró a la cima de esta música. "The Blues and the Abstract Truth" (Impulse!), es un obra maestra difícil de encuadrar en una escuela concreta y por el que Oliver Nelson seguirá siendo recordado como el diseñador de ese monumento audaz y atemporal básico en el jazz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

